medioevo y el mundo moderno 1 primer periodo
lo largo de la Edad Media, muchos hombres vieron su vida como siempre había sido la de sus antepasados. Otros creían que moraban en un mundo que había entrado en su senectud. Por su parte los humanistas, se obstinaban en decretaban una nueva época, una “Edad de Oro” para el mundo o para el espíritu. El placer, el goce de la vida, que había sido condenado por la Iglesia como pecaminoso en el medioevo, en los lugares donde se filtra el pensamiento humanístico se reivindica bajo el influjo de la visión pagana del mundo clásico. Pero la ostentación, extravagancia, ceremoniosidad, eran la nota común. Junto a esto, un deseo de pervivencia, el llamado sentido de la gloria, se hacía presente en los grupos dirigentes así como en el resto de la sociedad. Los símbolos y su dinámica, constituyen una pista mediante la que se desbroza la transición entre el medioevo y el mundo moderno. En este trabajo, encontrará el lector algunas reflexiones en torno al problema.
EL GRAVE PROBLEMA DE LOS INTELECTUALES
El problema de los teólogos y de la ciencia en general era Aristóteles y su implantación como autoridad. El Aristóteles averroísta se instaló en la teología a la que ahogó cada vez más en un ambiente racionalista desplazando las visiones metafísicas, iluminadas y contemplativas. Esta nueva teología racionalista comenzó a socavar el significado simbólico y espiritual del cosmos y a desequilibrar la balanza entre fe y razón: los elementos gnósticos y metafísicos del cristianismo comenzaron a disgregarse y a desaparecer gradualmente desde el siglo XIV de la estructura intelectual. El racionalismo escolástico duró poco al ser atacado por teólogos como Eckhart y Ockham, uno tratando de trascender la razón y otro negándole a ésta la capacidad de conocer lo universal. Pero la actitud de Ockham condujo al escepticismo filosófico y aparentemente liberó la ciencia física de las rémoras del peripatetismo medieval, mas esta ciencia quedó unida indisolublemente a la duda y el escepticismo, hasta hoy. Al hombre de Europa se le privó gradualmente de su derecho de trascender sus limitaciones terrestres y se le dio una visión de la naturaleza cada vez menos reflejo de lo celeste. Existe de hecho, una pérdida de la intuición, del significado metafísico y simbólico. El “renacimiento” es la época de las formas en detrimento de los contenidos: su fruto es la degradación de la ciencia medieval heredada y la instalación del escepticismo7 . Produjo un nuevo concepto de hombre y de la visión de éste sobre las cosas, hizo la verdad misma. Ya no se pensaba en que el hombre estaba “caído,” ni que sus cualidades primigenias, su capacidad de percibir, estaban mermadas tras el pecado original, como siglos de cristianismo habían inculcado. Incluso la ruptura de la unidad cristiana y el dogmatismo de las distintas sectas desde el siglo XVI contribuyeron a ello. Un antecedente es la actitud del teólogo Gerson, quien no podía admitir el sentimiento de la aniquilación absoluta de la propia personalidad en los místicos durante sus experiencias.
LA MÓRBIDA SENSIBILIDAD Y SUS VISIONES DEL MUNDO ESPIRITUAL Y RELIGIOSO
El realismo nos ha conducido a una imagen del mundo en el cual todas las cosas abstractas poseen ser y sustancia. Todo esto tuvo consecuencias: la Iglesia, siguiendo a Aurelio Agustín, enseñaba que el pecado no era un ser. Pero todas esas descripciones fantasmagóricas del pecado, el infierno, el diablo, inculcaron en los espíritus débiles e ignorantes que el pecado era una sustancia, y contagiosa. Incluso se trató de representar la vida eterna de alguna forma.
Existe una suerte de terrenalización en las representaciones de lo Divino, se trata de una mezcolanza, pero por lo bajo. En este período no es que vacile la visión cristiana de la tierra como “lugar de exilio” de los hombres, donde han de padecer y sufrir para poder regresar a su destino real, el “más allá”. Pero en los siglos XIV y XV esto adquiere unos rasgos muy peculiares. Del Cielo, del Purgatorio y del Infierno se tiene una idea muy familiar y casi inmediata. El fiel está ahora interesado en cómo vivirá allá en esos lugares cuando parta hacia ellos, porque por descontado, sabe que seguirá existiendo. La gente se imagina que continuará siendo más o menos el que es, pero en una circunstancia distinta; en el cielo supone que seguirá siendo comerciante o campesino o aristócrata en cierto modo, o por lo menos que allá también existe una jerarquía de coros. Por otro lado, cree que allá alcanzará a ver todo aquello que en su existencia física contempla en imagen o símbolo10. La época se refugia con consuelo en el mito purgatorial, que aparece como un puente hacia la salvación a pesar del terrible sufrimiento que existe en él. Pero es algo pasajero, y su éxito revela cierto agnosticismo acerca de las penas del Infierno, que al ser eternas revelaban una especie de divina venganza implacable que no resultaba muy creíble 11 .
La visión del pecado en el ámbito teológico
Pero vayamos al meollo de la cuestión: el papel del pecado en las vidas de las personas de la época; cómo suponía la Iglesia que se había desarrollado éste. La base, en este asunto, como en tantos otros, se halla en Aurelio Agustín. Su opinión, en cuanto al origen del pecado y del estado de corrupción del hombre, es bastante claro:
en el estado inicial de rectitud y justicia, Adán y Eva controlaban perfectamente todas las aspiraciones de sus cuerpos, especialmente el deseo sexual. Si el Paraíso terrenal no se hubiera desvanecido, los hombres habrían engendrado hijos “sin ninguna voluptuosidad, o con una voluptuosidad ordenada y regulada por la voluntad
Para Agustín, Adán y Eva eran inmortales mientras permaneciesen en el “Paraíso terrenal”, que era una especie de estado de conciencia absoluta. Pero la desobediencia los hizo caer en la muerte y el sufrimiento. Y esto no fue lo peor; además, perdieron esa subordinación de las pasiones a la voluntad que les había sido otorgada como un favor especial –una “gracia divina”- y desde entonces el hombre se ha vuelto un ser fragmentario, múltiple, inclinado al mal , transmitiendo esta “herencia” de una manera genética, a sus descendientes: ignorancia y concupiscencia, manifestándose esta última en un mal uso de la sexualidad, por contra de la sexualidad que Agustín atribuye al Hombre en el Paraíso terrenal. Esta transmisión de culpa es explicada con el argumento de que Adán constituía un solo hombre con su posteridad. El bautismo borraba, teórica-mente, esa culpabilidad. Pero no así los efectos de esa culpa, que hacen al hombre impotente por sí solo para conseguir la salvación; ésta adviene por encima de sus méritos y voluntad, como una gracia divina .
Esta concepción marcaría para siempre el cristianismo y en este período que tratamos, prerreformista, la ansiedad en torno a esta cuestión era sumamente aguda. Los concilios y los teólogos posteriores a Agustín se posicionaron en torno a este axioma sin negarlo, tratándolo de suavizar o dotándolo de tintes más fuertes, hasta la aparición de Tomás de Aquino en escena, quien cambia la versión del asunto del pecado original: Dios creó al Hombre mortal, ignorante y concupiscente, pero le otorgó dones para contrarrestar estas taras. Dones que le fueron sustraídos cuando éste desobedeció a Dios (teoría de la privación), según Tomás, pero no quedó esencialmente destruido por ello, posee libre albedrío y no se condena si no recibe el bautismo, como sostenían muchos teólogos (habría aquí mucha discusión acerca de lo que era considerado verdadero bautismo). En este sentido, Tomás tuvo el apoyo de Alberto Magno, su maestro, y Buenaventura, el general de los franciscanos, en su época . Pero el problema de los escolásticos medievales era que perdían de vista demasiadas veces el examen directo de los textos que los reformistas de la época consideraban básicos, como era la Biblia. Y el Génesis dice claramente:
el mundo moderno
profe no mucho por que que sacamos con copiar tanto si no sabemos de que copiamos hay trate de hacer ,lo mejor








